Contraste de una tarde Monet
La tarde moría Monet; el sol, avergonzado, se escondía por el oeste. La brisa de otoño empujaba las hojas hacia la alcantarilla, que se las tragaba con ansias. La media taza de café se enfriaba lentamente sobre la mesa del bar. Yo sorbía la última pitada del cigarrillo armado, sin filtro, y escupí el hilillo de tabaco que se había pegado a mis labios. Fue entonces cuando lo vi. Estaba más allá, hablando acaloradamente por teléfono. Eso fue lo que llamó mi atención: no discutía, solo hablaba con algo de euforia. Tomé el café frío y llamé al mozo. Le pedí la cuenta y dejé de observar al muchacho. Cuando me preparaba para irme, después de pagar, escuché el llanto. Era un joven adulto, de unos 30 años, que lloraba desconsoladamente. Yo, con 56 años, percibí que era un asunto del corazón —por algunas palabras que había escuchado en su charla telefónica— y estaba casi seguro de que lo habían abandonado por teléfono. La gente empezaba a llegar para cenar. Es un lugar donde...