Contraste de una tarde Monet
La tarde moría Monet; el sol, avergonzado, se escondía por el oeste. La brisa de otoño empujaba las hojas hacia la alcantarilla, que se las tragaba con ansias.
La media taza de café se enfriaba lentamente sobre la mesa del bar. Yo sorbía la última pitada del cigarrillo armado, sin filtro, y escupí el hilillo de tabaco que se había pegado a mis labios. Fue entonces cuando lo vi.
Estaba más allá, hablando acaloradamente por teléfono. Eso fue lo que llamó mi atención: no discutía, solo hablaba con algo de euforia.
Tomé el café frío y llamé al mozo. Le pedí la cuenta y dejé de observar al muchacho.
Cuando me preparaba para irme, después de pagar, escuché el llanto. Era un joven adulto, de unos 30 años, que lloraba desconsoladamente. Yo, con 56 años, percibí que era un asunto del corazón —por algunas palabras que había escuchado en su charla telefónica— y estaba casi seguro de que lo habían abandonado por teléfono.
La gente empezaba a llegar para cenar. Es un lugar donde por la tarde funciona bien el bar, y por la noche se convierte en un restaurante muy concurrido.
El mozo salió a prender las estufas a gas que hay en la vereda, y a bajar los cerramientos de plástico para convertir el espacio al aire libre en un lugar propicio para cenar.
Me puse la campera sin dejar de mirar al chico que sufría. Sacó un par de servilletas para secarse las lágrimas, y fue ahí donde intervine, entregándole mi pañuelo.
Soy de ese tipo de personas que llevan pañuelo y reloj de pulsera. Me considero conservador y delicado, sin llegar a lo afeminado; aunque mi elección sea contradictoria con el común de la gente, he trabajado mucho en esconder algún que otro rasgo femenino. No por vergüenza, sino para evitar comentarios desacertados en una sociedad que aún discrimina; aunque la intención sea la inclusión, todavía hay vestigios muy marcados de homofobia.
—¿Cómo te llamas? —le dije.
—Roberto —respondió.
Rápidamente, mi mente trajo a la memoria aquella película tan comentada —rechazada en su época—, a la que tuvieron que cambiarle el final para que no fuera prohibida o censurada. Adiós, Roberto se llamaba.
—No llores por nadie —le dije.
—Es que no es nadie… ese es el drama —respondió.
Le ofrecí escucharlo y aceptó. Me senté enfrente de él para mirarlo a los ojos, y fue así como me contó su historia.
Tinder, un encuentro, cuatro meses saliendo con Marcos y, de pronto, cuando ya estaban por mudarse juntos, Marcos conoció a otro y acababa de dejarlo por teléfono.
Desde mi experiencia, traté de tranquilizarlo; conté algunas situaciones vividas y, después de cenar, la charla se volvió más íntima.
La luz de mercurio de la calle se llevó la sombra del anochecer y comenzó a iluminar el rostro de Roberto, que parecía más tranquilo y a gusto con mi compañía.
El olor a café se mezcló con el del cigarrillo; por suerte, él también fumaba, así que compartimos el vicio.
—Ves, enseguida encuentro cosas en común con otros —dijo Roberto, con una sonrisa picarona.
—Todavía quedan muchos fumadores —le respondí.
—Pero no tan atractivos y serviciales como vos.
Aunque sonó una pequeña alarma, entendí que quizás la situación lo obligaba a ser complaciente, y a mí se me dio por entender otra cosa.
Las campanas de la iglesia —todavía en mi pueblo— marcaron las doce de la noche, momento en el que ya debíamos abandonar la mesa después de una charla intensa.
Vivíamos los dos en la misma dirección, así que acordamos caminar juntos. Cuando llegamos a la puerta de su edificio, me invitó a tomar algo.
Otra vez se encendieron las alarmas, pero entendí que lo hacía para agradecerme por acompañarlo en su dolor. Dudé en aceptar, pero no quería quedar como un mal educado; así que, como yo había invitado la cena, dejé que me devolviera la atención.
Marcó en el ascensor el quinto piso. Se giró, se miró en el espejo y, con el mismo envión con que comenzaba a subir el ascensor, se me tiró encima y me robó un beso.
Ese beso fue el disparo de largada. En un instante, mi fachada de hombre medido y conservador se desmoronó. Roberto había abierto una jaula que yo mantenía cerrada con llave, y el animal que salió de ella ya no entendía de consuelos ni de penas; solo entendía de piel.
Cuando llegamos al quinto piso, los dos éramos uno. Salimos a los besos, caminamos por el palier a los tumbos y, apenas introdujo la llave y abrió la puerta —ni bien atravesamos el umbral—, estábamos desnudos. Cerró la puerta de un golpe, me empujó contra ella y se arrodó.
Su garganta parecía no tener fin; su saliva brotaba como manantial; sus labios parecían brasas que recorrían mi falo con devoción. Decidí tomar el papel de dominante: lo levanté y lo llevé hasta el living, donde había un juego de sillones. Lo volqué boca abajo sobre el respaldo de uno de los sillones individuales, de tal manera que su trasero quedara expuesto, y me hundí en un beso negro y profundo. Mi lengua jugaba con los bordes de los pliegues de su ano, que latía acelerado, como con taquicardia. Jugué un tiempo más con mi lengua, hasta que noté su exagerada dilatación.
Roberto gemía como si estuviera por estallar de placer; comenzó a pedir por favor que lo penetrara. Lo levanté en brazos y lo llevé al dormitorio; a estas alturas, me movía como si fuera mi propio dueño. Lo arrojé contra la cama, lo obligué a que me la chupara un poco más, lo dejé saciar su sed y, cuando ya estaba a punto de acabar, lo aparté. Le di besos por todo el cuerpo, terminando en los labios; y cuando la calentura había bajado un poco, lo di vuelta, me puse el preservativo y, despacio, le fui presentando mi pene en la entrada de su ano. Lo sostenía porque Roberto quería que se lo empujara todo de una vez. Centímetro a centímetro fui introduciendo mis quince centímetros y, cuando llegué al fondo, empujé.
En ese momento, Roberto eyaculó abundantemente, con un grito seco, casi un alarido.
No fue una vez, sino dos —como los cigarrillos que nos fumamos después, acostados y abrazados, entre risas y charla.
Parecía que Roberto se había olvidado de todo lo vivido esa tarde; se lo veía lozano y contento, con su sonrisa limpia y sus ojos brillantes. Así lo dejé en su casa a las seis de la mañana.
Hubo promesas de otro encuentro, sin compromiso.
No lo voy a negar: me ilusioné y casi no dormí esa noche. Me dio su Instagram —no me llamó la atención. Los jóvenes se manejan de forma diferente.
Durante esa semana no recibí ningún mensaje; él no publicaba nada. Decidí mandarle un DM con mi número de teléfono.
La tarde moría Monet, y el café se enfriaba mucho más rápido por la cercanía del invierno sobre la mesa del bar.
Sonó el teléfono: número desconocido. Era Roberto. Mi corazón se aceleró cuando escuché su voz.
—Déjame hablar a mí —me dijo—. Espero que entiendas: sos un hombre grande que se aprovechó de la situación para violarme. No voy a denunciarte porque, de cierta forma, yo te dejé entrar en mi casa; pero soy consciente de que nunca me hubiera acostado con alguien como vos. Espero que no me molestes más. La verdad, no sé cómo superar eso que me hiciste; me da mucha vergüenza. No deberías seducir a gente que está sufriendo un desengaño. Sos un violador.
Y colgó.
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